En la mayoría de los casos sí, porque la ojera y la bolsa son en realidad el mismo problema.
Durante años se han clasificado las ojeras en vascular, pigmentada y estructural, pero esa división no refleja bien lo que ocurre. Lo que llamamos ojera es, casi siempre, la propia bolsa de grasa del párpado inferior: esa grasa tiene vasos sanguíneos de tono morado, y la piel del párpado inferior es la más fina del cuerpo, de modo que esos vasos se transparentan y producen el característico color violáceo.
Eso explica por qué la ojera cambia de un día para otro. Al dormir mal, con cansancio o tras tomar alcohol, esos vasos se dilatan, se marcan más y el aspecto empeora.
Las bolsas, además, apenas crecen con los años: lo que ocurre es que se hernian hacia fuera. Son compartimentos de grasa que protegen al ojo de los impactos y están contenidos por el septo orbitario. Con la edad ese septo se vuelve laxo y, sobre todo, se pierde el cojín de grasa del tercio medio —la zona situada delante del reborde orbitario—, que actuaba como tope. Al faltar esa resistencia, la bolsa se proyecta hacia delante.
Pero la causa de fondo es genética: hay pacientes de 20 o 25 años con bolsas visibles, simplemente porque tienen menos proyección de grasa en el pómulo. La edad no las crea, las acentúa.
La única excepción de ojera realmente pigmentada es la hiperpigmentación periocular constitucional, propia de determinados fototipos y frecuente, por ejemplo, en personas de origen indio. Ese caso no se resuelve retirando grasa ni tensando piel, y tiene un abordaje propio que se explica en la pregunta siguiente.
Por eso, cuando la ojera se debe a la bolsa y al déficit de volumen, retirar grasa sin más resuelve el bulto pero no la causa. En la Clínica Jiménez Ortiz la cirugía suele asociar lipofilling: se repone con grasa del propio paciente el volumen perdido en el tercio medio, que es lo que permitía que la bolsa se proyectara.